Cuarentena del Corazón.

Extensión de: Una vez más (nunca la última)

https://cosasdeunairresponsable.com/2021/02/06/una-vez-mas-nunca-la-ultima

El último enero se sintió como una ausencia de tiempo, como una pausa en el medio de la nada, en un largo camino por el desierto. Todo me obligó a parar y a prepararme a lo que debía enfrentar, aunque en ese momento -por supuesto- no lo vi así.

El año se pasó triste, melancólico, extraño y ausente para todos, y ese nuevo enero fue un revuelo, tanto afuera como adentro. Parecía que todo iba a cambiar, o a empezar de nuevo, pero la vida se paró y, después de muchos intentos de encierro, me encontré en una cuarentena ansiosa del corazón, empujada por mis propias acciones (y por la falta de ellas) a confinarme en mi monoambiente, sin saber si pasaban los días o si la que pasaba era yo, y sin encontrar la salida de mi propio enredo.

No es que me sea difícil estar sola; un poco por naturaleza y un poco por costumbre, la soledad forma parte de mí, como un lunar o una cicatriz. Pero esa soledad de ese enero, estaba impuesta por la ansiedad de no resolver, lo que no estaba pasando.

La ciudad, el mundo entero estaba encerrado y finalmente yo con él, en mi vaso personal, cargada de plantas, cajas y emociones. Llovía y los días eran grises y sin colores, o quizás la sin matices era yo. Pensaba en él, que pronto se cumplía un año en que la vida, la historia y el final, me obligó a decirle adiós, y también pensaba en aquel que, dolorosamente, tuve que despedirme el mes anterior.

Pensaba pero no quería pensar. Aparecían los pensamientos cada vez que -sin querer- les daba lugar y me pesaban, me dolían, me gritaban y me confundían. Por eso, para combatirlos, hacia uso de la ansiedad, mi peor secuaz para resolver cosas.

La ansiedad fue tomando poco a poco protagonismo, llenando los espacios vacíos con actividades innecesarias, con responsabilidades inventadas, solo para obligarme a no pensar, a no hacerle frente a lo que inminentemente tenía que enfrentar. Desempolvé rincones, reordené la ropa, tiré papeles, saqué turnos para revisarme cosas, limpié los bordes de las ventanas y los interruptores, hice mi primer postre, me emborraché pacifica y solitariamente varias veces, mientras las películas se me confundían, o simplemente corrían a mis espaldas, mientras yo me escarbaba la mente. Intentaba agotarme pedaleando por la ciudad vacía y latente, mientras todas las personas ardían en su propios balcones. Me perdía en la noche, esperando que el día me encuentre dormida o rendida a cualquier tipo de solución que me diera la excusa de no tener que hacerlo yo sola.

Sola. Con la ansiedad y las plantas apretujándose arriba de la alacena, y con Smile entre el inodoro y la cortina de la ducha. Sola, con mi angustia enredada en la cadena de la bicicleta. Sola, con un montón de pensamientos mudos y censurados en dulce de leche y galletas. Sola, marcando en las baldosas el ir y venir entre la cocina y el baño, como una interminable secuencia. Sola. 

No quería pensar en él, ni en el reciente fantasma de mi antecesor. Pero la cuarentena del corazón no se iba a terminar mientras el celular vibrara con reproches, y las paredes palpitaran con el recuerdo.

Ya no había más tiempo de sobra para extender el plazo que tenía para hacerme responsable de mis cosas. Mi monoambiente se llenaba cada vez más de objetos y acusaciones, y mi ansiedad engordaba en el borde de la cama, en el paso de la cocina al baño, junto a la aloe vera.

Finalmente, pasó enero y con el mi nocumpleaños. Febrero pasó como un relámpago, marzo me regaló sol y lágrimas gordas pero livianas que me lavaron la tristeza de la cara; y en abril finalmente la ansiedad se quedó sin más que hacer y se fue. Me enfrenté a mis fantasmas, contesté el teléfono, bajé las plantas de la alacena, cerré mi departamento de un solo ambiente, para habitar un nuevo espacio donde la aloe vera no estuviera en la puerta del baño. Hablé con él y también hice un altar en su nombre, me perdoné y por fin me abracé a esa nueva forma de extrañar, donde se acepta que los abrazos ya nunca más van a estar.

Pasaron cosas, pero parece como que no pasó nada.

Ivana Taft

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