Una vez más (nunca la última)

Enero pasó fatídico, letárgico y pesado sin que me diera cuenta de ello. Después de un mes (año) eterno y estático, ahora que lo miro de reojo -y por sobre el hombro-, me doy cuenta de que solo ha sido una pecera sin esquinas en donde he estado flotando, creyendo que lo tenía todo controlado. Podría ponerme a redactar una lista de las cosas que me han pasado y que, mientras escribo, aun no resuelvo, pero creo que no vienen mucho al caso.

Escapar siempre ha sido una gran palabra para mí. La relaciono directamente con el concepto de libertad. Supongo que es porque es algo que usualmente hago, cada vez que siento que me falta independencia. O algo a lo que yo a veces llamo independencia.

Porque si tengo que empezar desde el principio, tengo que decir que no ha pasado nada, que todo está tan paralizado como la cuarentena eterna en la que estamos varados. Los días transcurrieron tranquilos y lentos, entre lluvias y soles, sin que nada cambiara más que el cielo. Pero, adentro mío, algo una vez más (nunca la última) se averió, ocasionando una marea de problemas existenciales que quise arreglar con una curita, mientras miraba maratones interminables de series a través de algún streaming, confundiéndolas a todas en el fondo de mi memoria.

Impedida de poder viajar, de siquiera sentarme en la playa a pensar; sin poder escabullirme físicamente para sentir que lo que pasa no es real, tuve que huir dentro de las cuatro paredes que constituyen mi casa, y eso fue tan contradictorio que incluso yo no lo entendí.

Creo que el problema fue es que yo decidí escapar, con la excusa de que esa es la única forma de conseguir mi libertad y, como no tenía exactamente a donde ir, en vez de huir empecé a construir un muro para protegerme de mis propios sentimientos. No, no escribí mal: quise protegerme de mis propios sentimientos.

Y cuando hablo de sentimientos, el primero que se me viene a esta confusa cabeza, es el amor. No sé porque me atrevo a hablar de él si de esa materia no sé nada. Creo que he tratado de superarlo tantas veces que he perdido más batallas que autobuses. Mi error debe de ser ese: querer superar el amor, creer que siempre viene de la misma manera y medida, como el frasco mensual de café en mi cocina, o los rollos de papel higiénico en el baño.

Como supondrán, eso nunca puede malir sal, y por supuesto terminé estrellándome contra mi propia muralla, adentro de mis cuatro paredes, con la luna mirándome desde la ventana.

No encontré ni un poquito de alivio en el inicio de una hoja en blanco de mi diario, y el vértigo de la ausencia de tinta me llevó a muchas noches de sueño frustrado. Poco a poco, mientras el tiempo se moría deslizándose en el vidrio de la ventana, me fui perdiendo, no pude evitarlo.

Se me olvidó la voz entre tantas palabras. Extravié mi razón entre libros y pantallas. No se me ocurrió más que hacer que fumarme el tiempo, mientras garabateaba en todos lados nudos y flores negras. Las duchas diarias se convirtieron en una cita obligada para intentar quitarme inútilmente la sensación de estar apestando a ansiedad frustrada. La heladera vacía se reía de mi desesperación enlatada, mientras mi corazón se enfriaba en uno de sus estantes, junto a un limón viejo y un pedazo de jengibre olvidado. Remendé todo lo que encontré descosido, con tal de no prestarle atención al tajo que tenía abierto en el pecho como si hubiera nacido con eso en el cuerpo.

Y cuando ya no pude más, cuando las excusas se me acabaron y las lágrimas se abrieron paso para sacarme el peso de los pensamientos, el sol salió de nuevo, para calentarme las mejillas con sus besos, entonces abrí la ventana para que me entre un poco de viento.

Todavía no me he recuperado de ese (auto)golpe, aún me cuesta aceptar la naturaleza de todo esto, pero ya no puedo seguir intentando escapar construyendo un muro, cerrándome adentro mío mientras espero que descampe el cielo y el (fucking) mes se termine.

No es tan fácil como lo es escribirlo, y se me ocurren miles de frases alentadoras para retrucarme el discurso, pero tampoco le encuentro mucho sentido.

Después de un estancado pero agitado mes año, una vez más (nunca la última) me recuerdo que está bien sentir y equivocarme, que llorar no me hace más débil y que puedo ponerme mal por todo lo que he pasado, perdonarme mis errores y reconocer que necesito sentarme un rato al sol, sin barbijo, sin prejuicios, y abrazarme un poco el corazón.

Ivana Taft

6 comentarios sobre “Una vez más (nunca la última)

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  1. Caray Ivana!!
    Que he dado con el escrito que retrata a la perfección mi propio sentir con está pandemia del infierno, huir dentro de mis cuatro paredes, de mis propios sentimientos, porque era demasiado intimidante el afrontarlos. He amado la forma en que lo describes. Me apunto como tú nueva seguidora.

    Un abrazo desde México

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  2. Me encantan las cosas que escribis, Ivana. Son un respiro de aire puro, un recreo para los ojos, la mente y el corazón… Tus textos, como pocos otros, me hacen imaginar situaciones, mundos posibles, me hacen viajar… No conozco tu trabajo fotográfico, siendo que nos conocemos del Rancho, donde el tema era la fotografía, pero tus textos son muy bellos. A mi, hablando ahora de fotos, me gustan esas que no lo dicen todo, pero dicen lo suficiente para disparar la imaginación y viajar una y mil veces desde ella y hacia ella. Tus textos funcionan como una de esas fotos para mi. Un fuerte abrazo desde San Juan, Argentina. Esteban http://www.estebantapella.com

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