Hoy lo llamo.

Hoy lo llamo, pensé mientras miraba por la ventanilla del colectivo, y sentí el -bien conocido y bienvenido- cosquilleo hormonal en mi entre pierna, y el recuerdo de su piel se encendió en la yema de mis dedos. Volví a recordar con todos mis sentidos sus besos cariñosos en el cuello y la cosquilla especifica que me genera su barba. Me revolví en el asiento, divertida y ansiosa. Pícara y coqueta de pensarlo. De pensarlo desnudo. Mis mejillas se encendieron y no pude disimular una pequeña sonrisa. No importa, ¿porque debería disimular mi sonrisa?

Un día normal, para nada especial. Frio tibio de principios de invierno. Llovía un poco, pero nada más. El sol se escondía con fingida timidez entre las nubes, haciéndose desear. De vez en cuando se dejaba ver y me acariciaba la cara. Y no sé qué encadenamiento de pensamiento me hizo volver a pensar en él. No es que no lo hago todo el tiempo, pero pensarlo siempre me sorprende.

Me volví a acomodar en el bus, como llamándome la atención por no estar presente en el “aquí y ahora” y que “carpe diem” y toda esa cuestión espiritual que tanto me repito todos los días intentando que pase del dicho al hecho. Pero ese aquí y ahora físico, no era más que un viaje repetido en el mismo colectivo de siempre hacia el mismo destino.

Por alguna razón, que ahora no me acuerdo, alejé mis pensamientos de su recuerdo, y atraje mi mente a ese presente, a esos minutos exactos, donde pensar me parece absolutamente innecesario. Pero decidí ser consciente de esa realidad, y negar mi imaginario, al menos por un rato.

No había mucha gente, a pesar de ser la una de la tarde. Nadie sentado a mi lado, invadiendo mi espacio personal, una música -que no llegaba a identificar- sonaba de fondo en la radio del conductor mientras que, cerquita de él, en el primer asiento, la típica viejita cargada de bolsas de supermercado, siempre como a punto de bajar. Como abandonado a su suerte: un hípster, medio roto, durmiendo en un asiento doble, despabilándose cada vez que el bus lo sacudía, disimulando su cansancio por adormecerse en cada vibración del motor, que lo acunaba fríamente. Tres o cuatro pasajeros diseminados por aquí y allá del bus, absorbidos por sus celulares y, al fondo, alguien que podría haber tenido unos difíciles veinticinco años, o unos cuarenta y ocho bien mantenido. No tenía alguna característica especial que lo sacara del estereotipo de oficinista, que tengo encriptado en mi cabeza, y que los censura, automáticamente, de cualquier personalidad. Parecía mirar por la ventana para justificar que estaba mirando a algún lado, pero sus ojos estaban vacíos, perdido en su pensamiento. ¿Que andaba pensando? ¿Deudas? ¿Vacaciones? ¿Familia? ¿Amor? ¿Desamor? ¿Sexo?

Seguramente yo también me veía así: mirando sin mirar, navegando en mis propios pensamientos.  Y entonces, otra vez me acordé de él, (a)trayéndolo a ese momento, con toda la necesidad de mi cuerpo. “El aquí y ahora, Ivana, el aquí y ahora”, me burlé de mi misma. Porque el aquí y ahora físico, no eran tan importante; era una simple transición de entre escenarios de mi día. Recordé una frase que hacía muy poco acababa de leer: “… cuando estás profundamente enamorado, tu mente deja de existir […] el presente es el único tiempo, el ahora lo es todo…”

El presente, el ahora, era el pensar en él. En revivirlo y convocarlo, y sentirlo con cada fibra de mi piel. Reconociendo el amor, y reconociendo el deseo. Las ganas de coger.

Hoy lo llamo.

Ivana Taft

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