Tan absurdo como necesario.

En la semana rompí cuatro objetos de vidrio, me golpeé en lugares inhóspitos más de la cuenta, me levanté a tomarme mi café y ya no tenía más leche. Además se me acabó el vino. Anoche lloré. El síndrome de la página en blanco me viene torturando más tiempo de la cuenta.

Me desperté con un dolor de cabeza como si me hubiera tomado toda la botella de malbec que se me acabó hace rato. Además un sueño extraño me persiguió todo el día como un viejo baboso y pesado. El calor, la máscaras tapa emociones y algún que otro mensaje colgado. Y la vacía sensación de no estar presente en ningún lado.

Todo el mes ha pasado así: Lento, denso, desubicado, indeciso. Hasta me descubrí pensándote mil veces con el teléfono en la mano, resistiendo la innecesaria tentación de escribirte. Como si me conocieras, como si te conociera. Como si tuviéramos un vínculo irrompible.

Como si fueras absurdamente necesario.

Pero los tropezones, el fastidio continuado y la barrita titilando al principio de la hoja, me trajo tu recuerdo desenterrado de vaya a saber que fosa común de un fracaso repetido, casi como si mi vacío existencial y tu presencia estuvieran conectados.

No puedo recordar un beso, el roce de tu tacto, ni el timbre de tu voz. Tengo algunos momentos borrosos en el fondo de mi cabeza que se repiten con un viejo proyector. Sin embargo: te pienso. Mientras me pierdo en calles completamente ajenas a vos, despertándome en una cama que jamás conocerás, siendo una persona distinta a la que, años atrás, descubriste con tus manos.

Y a pesar de que ya sé con qué me voy a tropezar cuando, desatinadamente, te encuentre en ese espacio virtual inexistente, en donde nada es lo que parece, donde todo queda colgado en telarañas transparentes, con la certeza de saber lo que me vas a decir y todo lo que voy a pensar; aunque me canse de leerte vacío y atontado, el sabor a desamor viejo y gastado siempre se siente agrio en la boca.

Como si fueras absurdamente necesario.

Te pienso sin querer, sin pensar en que estás metido en mis pensamientos, sin saber que te estoy pensando.

Se me mezcla tu nombre en la ensalada que voy a comer, y lo borra el agua del mar cuando no lo escribo en la arena caliente. Se mezcla en el humo que exhalo ansiosa, y ha quedado en el fondo de la copa vacía que me acusa solitaria desde el borde del fregadero.

Miro mi teléfono sin siquiera tocarlo. No te voy a escribir, porque no quiero saber que sos real, no quiero saber que recién te levantás y no quiero saber que no tenés nada solucionado. Prefiero tu recuerdo inventado revoloteando como un estúpido fantasma que invoca algo que ya me olvidé de mi pasado.

Como si fueras absurdamente necesario.

Te pienso cuando estoy aburrida, cuando me duele la cabeza y cuando el maldito inicio de la página en blanco se burla de mi falta de ideas. Te pienso ahogada en el calor del mediterráneo, cuando el teléfono no suena, y cuando me acuesto sin sueño dispuesta a que el techo me devore con su insolencia. Te pienso sin amor, sin ganas de cogerte, sin inspiración y sin deseo. Te pienso cuando estoy de mal humor, cuando no encuentro nada mejor, cuando no sé a quién culpar por mi suerte.

Y este mes se ha pasado tan lento… se me acabó el vino, me falta inspiración y se me caen los minutos estrellándome en vos. Me pregunto si me pensás y me molesta que me recuerdes. Me enoja que me nombres y me enoja que me silencies. Mi ansiedad, junto con esta nueva y aburrida realidad, provoca que te recuerde.

Te has vuelto absurdamente necesario.

Ivana Taft.

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