Ofrendas para la libertad.

La libertad como dependecia.

“El instinto de no ser libres, es innato en los hombres.”

Nosotros. Yevgueni Zamiatin

Cuando el mundo se vio obligado a entrar en calma, a cerrar las puertas y abrir los balcones; cuando los hoteles y restaurantes se pusieron a dormir, guardando en sus pasillos los anhelos de los viajantes; cuando los shoppings cerraron sus puertas, en contra de sus creencias consumistas, y las personas se silenciaron en sus casas, yo tuve que salir. En vez de parar: seguir.

Tenía que salir. Tenía que cruzar la ciudad de un lado a otro viendo los espacios vacíos respirar y la metrópoli haciéndose ancha sin las personas estorbando en las calles. Andaba como un piojo en una cabeza calva, recorriendo los caminos, iluminada por la luna y el sol, de noche y de mañana.

Tel Aviv. Israel. Abril 2020

Yo quería quedarme en casa, ser parte de lo que estaba pasando, aceptar esa siesta de 45 días, y aprender a hacer recetas de cocina. Había deseado tantas veces tener ese tiempo para no hacer nada, para quedarme tirada en la cama y ver mil películas por día. Había deseado tanto poder olvidar el teléfono en la otra habitación y no tener que sentirlo a mi lado. Tantas veces apreté mis manos sobre mi pecho, intentando encontrar la paciencia y el equilibrio para seguir en ese loop sistemático que, cuando lo vi pasar, sin tener ni una chance de poder alcanzarlo, pensé que todo lo que estaba haciendo estaba mal.

Pasó a mi lado, como una burla a mis superficiales deseos, un castigo a mi egoísmo y a mi falta de fuerza. Una prueba reprobada a mi paciencia y a mi resistencia. Y como un espectador ajeno, el mundo se quedó en sentado, para verme a mí en el escenario.

Sentía la asfixia como algo crónico. La obligación de moverme era tan fuerte que se sentía como hilos invisibles que me manejaban. Las ganas de llorar y la culpa por no querer seguir no me permitían pensar. La presión en el ambiente me apretaba el pecho. El sentirme atrapada se volvió más real y físico que nunca, hasta el punto en que pensé que sería interminable. No me quedó otra más que aceptarlo.

Fue todo muy por dentro. Casi que ni yo me daba cuenta, había días en que sentía que mi corazón latía desesperado en mi pecho, con esa necesidad mía de salir, de escapar, de huir corriendo a destiempo, en contra mano. Intentaba calmarlo pedaleando, buscando una tranquilidad ficticia en el silencio de los caminos recorridos en bicicleta.

Tel Aviv. Israel. Abril 2020

La ciudad detenida, el tiempo mudo, la incertidumbre devorándonos divertida los pies, y yo ardiendo por dentro.

Y todo terminó en el mismo momento.

Cuando finalmente se durmió pacíficamente, y yo pude decirle adiós, el tiempo me regaló ese momento que tanto reclamaba, casi como una insulsa propina. Me dejó dormir sin sueños, sacó de mí el cansancio que cargaba en los hombros como un gorila pesado, bruto y molesto. El sol me concedió su calor cada día, abrazándome las piernas mientras consumía mis minutos y mis porros sentada en el balcón. Por fin me desconecté, por fin pude acoplarme al silencio del mundo, ser parte de ese todo. Un poco tarde, un poco poco.

Parece que fue casi un pago por piedad, brindándome tan solo unos días por caridad. No un mes ni dos, solo siete días para asumir una nueva libertad, una nueva vida, una lisa realidad.

Y cuando volví a salir, no solo mi historia había cambiado, el mundo había empezado un capítulo nuevo. La ciudad entera era distinta, el silencio todavía se hacía presente entre los edificios cortados por los rayos de sol, que cruzaban los árboles de los arterias, donde pocas personas se movían tímida y anónimamente. Casi onírico, casi que no me lo creo.

Todo se sintió diferente la primera vez que salí a la calle. Los olores, los colores, todo era lo mismo, pero distinto. Yo soy distinta: Ahora soy libre. Pero, como un karma o un castigo, esa libertad me pesa insoportablemente (a lo Milan Kundera). Es tan liviana, tan extensa, tan etérea y diferente a lo que yo pensaba, que se siente como un eructo con el estómago vacío.

No viene sola, es una ofrenda, no un regalo. Hay que perder antes muchas cosas, para reconocer lo que se ha resignado. Hay entregas, renuncias y decisiones que tomar. No es fácil de alcanzar y no es un premio consuelo, porque el sacrificio de unos, es la liberación de otros.

Mi libertad fue la expiación de otro. Alguien tuvo que dejarme lugar en este mundo para yo poder abrir mis alas y elevarme.

La libertad es un fantasma hermoso, que se sienta conmigo todas las tardes a ver la puesta de sol, que viaja sentada en el manubrio de mi bicicleta, que me abraza por las noches y me peina por las mañanas. La libertad es incolora, transparente; tan real y cruda que duele.

Ivana Taft.

P.d: Gracias viejo por la libertad que me has regalado.

A mi viejo, con amor.

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