APRENDER A PERDER.

Ser parte del problema.

No sé cuáles (de todas) las causas fueron por las que volví a este texto, más o menos en la misma fecha en que lo escribí el año pasado. Lo leo, y apenas encuentro rastros de mí en las ingenuas palabras, alimentadas por el desconocimiento, con las que intenté encontrar una respuesta a tanta incertidumbre que crecía lentamente en la tierra. Tuve que reescribirlo, redimirme, hablarle a la Ivana del pasado, o que ella me hablara nuevamente a mí después de darse cuenta que todo era/es mucho más complejo.

Escribía, en ese entonces: Lo (re)afirmo y lo acepto: tuve suerte. Lo agradezco. Tuve buena suerte en esta, en la que pasó y en las otras que me han tocado. En vez de contar traumas, puedo contar anécdotas, y saltarme la parte de la terapia en la mayoría de mis experiencias. Tuve suerte, porque mi lucha fue solo con la ansiedad de ver el mundo parado, mientras viajaba en bicicleta a través de la ciudad dormida. Algún que otro ataque de pánico, llantos aislados, estómago cerrado, nervios mal controlados y aburrirme hasta el cansancio, sin poder cruzar al otro lado.

Pensaba, en ese momento, que hay situaciones peores, grandes proyectos atrasados, planes frustrados, viajes cancelados, gente sin trabajo, negocios cerrados. Pensaba en esos amigos, que de repente estaban dando manotazos de ahogados, en un mar lleno de cuerpos y tan pocos salvavidas. Pensaba que había situaciones peores, justo en ese momento en que escribía, sentada en el sillón, tomando café, a las dos de la tarde.

Pensé en la muerte, pero no quise nombrarla. Era todo muy reciente. Quería disfrazarla de números y entenderla como algo que estuviera fuera de mi alcance. No quería ser parte de ese problema. Pensaba que había tenido mi cuota y que era suficiente.

Ha pasado un poco más de un año y las cosas han cambiado, pero la línea del tiempo se siente como un infinito reloj en el que el mismo día se repite incansablemente. Seguimos siendo el mismo problema, seguimos repitiendo los mismos errores. No podemos superarnos.

Y en medio de una guerra detenida en la historia y alimentada para el entretenimiento de las nuevas generaciones, aquí me encuentro yo: otra vez aburrida -y decepcionada-, sin saber que hacer de comer en la noche; dando vueltas por la casa a las tres de la mañana, perdiendo consecutivamente en el Candy Crush y molesta porque no hay nada nuevo para ver por la ventana, ni por la pantalla. Mis problemas existenciales van y vuelven y, sin querer aceptar ser parte del problema, le echo la culpa a la luna.

Justo en estos días de incertidumbre general (una vez más, nunca la última) vuelvo a leer una palabra que aparece con la fuerza de un maestro: 

Bajo este contexto, que parece ser el mismo que el año pasado, pero que en realidad es un loop repetido por años -o siglos- y que ya ha perdido todas sus formas y sus fronteras, parece que la capacidad de adaptarnos positivamente a situaciones adversas es para pocos, porque para adaptarse hay que superar esa adversidad, aprender de las derrotas, o que estábamos equivocados. Asumir nuestro papel en el problema.

Por lo visto, es una meta muy difícil de alcanzar, por la facilidad con la que asumimos que ES el otrx el que está equivocado, que ÉL es el error, que el otrx es el problema.  

Entonces la intención de adaptarnos positivamente, o de superarnos, solo se queda en palabras repetidas en frases elocuentes, cómo con las que yo quise aconsejarme el año pasado, antes de haber transitado “elañopandemia” y todo lo que trajo arrastrando a través del barro.  

En ese extraño 2020 escribía: No es la primera vez que debemos hacerle frente a los problemas, que los planes se ven arruinados, que las cosas no salen como queríamos, que de repente nos sentimos ahogados, presionados, encerrados. No es la primera vez que no sabemos que mierda vamos a hacer con nuestras vidas, que no estamos conformes con la porción que nos ha tocado, que pensamos que nunca vamos a salir de esta, que nos aburrimos y que la re cagamos. Que tenemos miedo, que estamos asustados.

Para nadie ha sido fácil transitar esta vida. Ni la más lista, ni el más fuerte, ni lxs más valientes han logrado salir solos de sus problemas. Siempre hubo alguien que nos (em)pujó, alentó, inculcó, nos despertó o nos sacudió la pereza. Alguien confió en que podíamos superar los obstáculos. No vinimos solos, nos trajeron, nos crearon.

Será momento -otra vez- de adaptarse, de aprender, de ser positivo, de ayudar al otro, de tener paciencia. De ser parte del problema y resolverlo. De creer.

Y yo creo que para ser resiliente, hay que dejarse envolver por la desgracia, aceptando el destino que a uno le puede tocar, pero con la certeza de que podemos cambiar nuestra suerte.

Cuando leí el significado de resiliencia, me embargó una sensación rara, como cuando te estás enamorando. Ese apretujón en el corazón, esa sensación de que te están mirando. Palabras que llegan justo cuando las estás necesitando.

A la Ivana resiliente del futuro.

Ivana

Texto creado en mayo 2020. Vuelto a leer y escribir en mayo del 2021

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