DIAS DE TORMENTA.

Reflexiones ebrias de tormenta.

El clima coincidió con varios días libres de obligaciones y deberes, y no pude encontrar más excusas para escapar del mundo imaginario -a medio construir- que me exigía conclusión desde la pantalla. Entonces me prendí a la computadora con una desesperación de ahogada en esa tormenta de agua emocional. No salí de su persiana más que para recargar las regulares dosis de café y porro, intentando ignorar mi crisis existencial que ya empezaba a escalar adentro mío, a punto de salir, con la idea de boicotearme la onda zen que tanto trabajo me cuesta activar.

Yo percibía mi inquietud y desde hacía unos días atrás intentaba dominarla, relajar. Con el tiempo aprendí a distinguir mis estados antes de explotar desbordada, y esta vez intenté evitar juntar los platos rotos de mis propias locuras.

Golpeaba el viento arrecho contra el techo y las paredes. Me asustaba y entretenía. Casualmente me había quedado sola; el contexto perfecto para sentarme junto a mis demonios que hervían lento adentro mío. Parece que se despiertan llamados por el frío y la lluvia intensa, los escucho maldecir, bufar, hasta reírse por mi estupidez ingenua. Pero nada los puede a obligar a irse, y yo tampoco quiero que se vayan.

El piso de arriba se llenó de goteras y las chapas temblaban con bronca amenazando con dejar sin techo el departamento. Entre recreos y frustraciones, me dedicaba a empujar el agua que se filtraba por las puertas de vidrio del balcón, mientras que las toallas empezaban a apestar, acumuladas en rincones inhóspitos, intentando retener pequeñas inundaciones. Los fusibles saltaron y una parte de la casa se quedó sin electricidad. Coloqué cables y extensiones con lucecitas de colores y entonces, además de la lluvia, el bajón existencial, los demonios y las viejas depresiones, se sumó a ese viaje el mambo psicodélico en forma de brillantes foquitos surrealistas.

Tel Aviv Enero2020

Todo el contexto me empujó a encerrarme, entre retiro consentido y castigo autoimpuesto, convirtiéndome en diablo, víctima de mis embrujos, forzándome a no escapar del espejo. Escribiendo mil palabras para hablar de locura, armando algunos porros para distraerme de la lluvia y otros para sacarle provecho. Pero debía hacerlo. No me quedó otra que sentarme a escribir todo lo que tenía adentro y hacerle frente a esas ansias de libertad que se despertaron de repente. Como siempre.

Aislada así, subiendo y bajando la escalera entre un piso y el otro, creyéndome una dandi postmoderna en alguna torre de un castillo en decadencia, con tenues luces dibujando grandes sombras y el frío húmedo de las indiscutibles tormentas de invierno; pensaba en la Irlanda del 1800, cuando la luz de velas iluminaba las noches, el agua era una mezcla de desechos y excrementos, y donde se torturaba a la gente por pensar diferente en grandes torres de castillos inmensos. Pienso en esa tan lejana Irlanda y en los escritores que nacieron allí en esa época, en sus obras sobre asesinatos, prostitución, deseos oscuros, obsesiones extremas, monstruos, brujas y variedad de secretos. Ningún Romeo y Julieta se les ocurrió hacer a ellos.

Cuando estuve por allí (por Irlanda), me reencontré con Oscar Wilde y su retrato de Dorian Gray. Lo había leído hace muchos años atrás y este clima y mis frustrados deseos me lo trajeron de vuelta. No sabía que había nacido allí. Tampoco que no era el único, el arte nace en Irlanda como los tréboles en sus campos y se expande como la familia Guinness por sobre sus tierras. Músicos, pintores, escritores, montones de artistas son nativos de esa isla de ovejas. Llueve mucho y el sol sale a veces. Existen más de 1900 de bares que abren todo el día sus puertas, invitando a los transeúntes a refugiarse del frio, si es que les alcanza para pagar -al menos- una pinta de cerveza. La cultura alcohólica de Irlanda está tan arraigada en la sangre, que es imposible no estar ahí y alguna vez no emborracharse.

Y no solamente pienso en él (en Oscar Wilde, aunque su presencia es más fuerte) y en ese Dublín del 1800. También pienso en Jonathan Swift que, alimentando por ese clima de terror, su frustración y descontento humano escribió Los viajes de Gulliver; pienso en la soledad James Joyce mientras daba vida a su Ulises. Pienso en el mambo de Bram Stoker, que escribió al Conde Drácula sin haber puesto nunca un pie en Transilvania.

Sin luz, en la oscuridad de las velas, con un clima chillando siempre inclemente, calentando los vicios con alcohol, mientras el sol es apenas un reflejo que avisa que amanece, miro por la ventana de mi departamentito de Tel Aviv como llueve a cántaros, y pienso que escribir debe haber sido un gran escape para luchar contra todos esos demonios que escarbaban hambrientos. O quizás para alimentarlos.

Un estado de melancolía y añoranza se prendió inoportuno en mis entrañas y no me soltó en el tiempo que anduve suelta por la isla. Los bares típicos, y sus pesadas puertas, aparecían uno al lado del otro en cada esquina, sucucho, hotel, terraza. El calor de adentro me envolvía al pasar y me arrastraba con su horrible pero irresistible aliento a cerveza y pucho, mientras lucecitas rojas navideñas fingían iluminar el suelo, y cuando ya todo perdía sentido, las sonrisas se volvían más honestas.

Irlanda Nov.2019

Mi estadía en Irlanda fue como un romance turbulento, de una noche ebria, encontrándola mezclada en cualquiera de esos bares, mientras escapaba del frio con el corazón roto inventado. Llamándola confundida bajo el nombre de Londres, sintiendo todavía sus sabores ingleses persistentes en mi lengua.  

Miro por la ventana el cielo tronar, y me vuelvo a sentar frente a mi computadora para sentirme un poco más cerca de Wilde y del resto. Pero ya desistí de enfrentarme a mis demonios: esta vez los sacudí con fuerza para despertarlos por completo, me vestí para hacerle frente al frío, me pinté los labios de rojo, y me perdí con ellos de fiesta, mientras nos acompañaba la tormenta.

Irlanda Nov.2019 📷 de Marce. Salud amiga, gracias por todo.

Ivana Taft.

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