Volver al Barro.

El Mar Muerto, el verano, su presente y su recuerdo.

Se fue nomás el verano de una semana a la otra. Casi que nos fuimos juntos, pero se fue con ellos. Y yo me quedé en el nido vacío, después de tres meses. De tres meses de verano.

Es cierto que me estresé antes de que llegaran, y que me puse muy bajón cuando ya no estaban, porque no pude subirme con ellos a ningún pájaro metálico, para irme a dar una vuelta por no sé dónde, subir una foto a mi blog y hablar de cosas de café con medialunas y esas boludeces. Es cierto que mi ansiedad me mordió de noche, y el cansancio me molestó de día. Es cierto que las lágrimas no faltaron, ni tampoco las alegrías.

Estuve escapándole a la realidad un poco más de un tiempo, escondiéndome en mis escritos, en el bondi camino al laburo, y en las tardes quemadas al sol en la playa a puro blablá. Es verdad que me tomó mucho tiempo reconocerme en el suelo donde estoy parada, y no puedo negar mi negación a lo innegable. Lo estuve -lo admito- hecha una tarada. Admito que mis respuestas no fueron las esperadas, y que mis medidas fueron un poco drásticas. Reconozco que mis palabras suenan frías y un tanto preparadas.

Todo eso es cierto.

Mar Muerto. Israel. 2019

Pero de tanto huir, no me di cuenta que estaba conectada. Que todo se vuelve a repetir, que una vez no basta. Que así como se va el verano, de nuevo vuelve como amante fiel, sin que lo estemos esperando, y que se va con el corazón roto, como enamorado desilusionado, aunque nunca estemos preparados.

Yo no quería volver, pero volvieron. A fuerza de negarme a mirarme en el espejo, el agua salada me devolvió mi reflejo, caliente y salitroso, estanco y finito. Estábamos tan lejos, tan abajo del nivel del mar, no había mejor lugar para escondernos. Y sin embargo ahí estábamos. El silencio se hacía tan pesado, que quemaba más que el mismo sol de esos cuarenta y tres grados del mar muerto. Y ahí estábamos. De nuevo y por primera vez.

Mar Muerto. Israel. 2019

Pensaba, mirando la línea infinita de un horizonte inventado, en las veces que ya había estado allí, pero que en realidad no había estado; no había mirado. Pensaba en las sensaciones que me abrazaron aquellas veces, de incomodidad, indiferencia, de acusador calor y de molesta gente. No me interesaba volver, ni siquiera lo había pensado. Pero él me trajo hasta acá: Él, sin saber exactamente a dónde íbamos.

Para él todo eso era nuevo, pero nosotros ya nos conocíamos de siempre.

No hablamos mucho, porque el calor abruma y no te deja mucho espacio para más que estar sentado allí, boyando en ese falso mar. El cuerpo flota, se levanta, se caldea en la sal que se pega a la piel, como una fina película de aceite, y le heridas arden, por más chiquitas que sean, para que no te olvides nunca de ellas.

Volvimos los mismos, por el mismo camino, al mismo lugar de donde salimos. Más tarde se fueron, y se fue también el verano, y yo sentí que había vuelto a empezar de cero, pero con la certeza de que ciertas cosas siempre retornarán, y está bueno aceptarlo.

Ruta 90 camino al Mar Muerto. Israel 2019

Me puse en todo el cuerpo ese barro oscuro y negro, que dicen que es re bueno para la piel y el cabello, que tiene más de cuarenta y siete minerales, vitaminas con todas las letras del abecedario, magnesio, zinc ¡hasta magia! y me sentí mejor. Cubrirme de fango, pintarme la piel, ensuciarme para renacer. Volver a ser niña, volver a ser verano, volver, siempre volver. Volver al barro.

Ivana Taft

Gracias, bro, por la foto.
Mar Muerto. Israel. 2019

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