Las partes de Praga

Extrañas asociaciones me llevan a pensar en mi estadía en Praga. Una de ellas es Dalí y su obra. No es que sepa mucho de él, tampoco he leído suficiente, pero ciertos detalles de su arte me atraen, hasta me siento identificada. Precisamente hoy, que he visitado una pequeñísima exposición de él, mi viaje a Praga ha estado presente todo el día, tres años después de haber estado perdida por sus calles.

Aunque no tenga ningún tipo de conexión entre Dalí y Praga, guardo una entrada de una galería de arte de la capital Checa que dice lo contrario. Coincidió mi escapada de Noviembre con una inmensa exposición del artista. Fue una inmersión profunda e intensa, cada vez más irreal, psicoanalista y sexual a medida que iba pasando de habitación recorriéndola. Recuerdo (y lo sostengo sin ningún tipo de evaluación) que mi primer pensamiento fue “este tipo estaba re drogado”. Pero tantas obsesiones mías las vi expuestas en tantos detalles de su obra que se me metió en el inconsciente como una sustancia adictiva.

Viajé a Praga dos meses después de que había vuelto al tedioso trabajo que tenía en ese momento. Tan solo pensar en estar ahí me torturaba. Sentía la típica depresión post viaje, cuando uno vuelve a la rutina diaria y no le encuentra razón a la conciencia misma. Pero, además, andaba particularmente triste y desilusionada. Todo me parecía vacío, gris, lento, absurdo. Quería seguir siendo viajera un tiempo más: toda la vida.

Y, en el viaje anterior, me había quedado pendiente llegar hasta Praga. Lo había descartado a último momento, por las distancias, el dinero y otras superficiales disculpas, pero apenas volví a trabajar, irme fue la excusa perfecta para huir. Armé una valija con un par de suéteres, bufandas y guantes y acomodé al Indio en la mochila, junto con la cámara y el pasaporte. Era Noviembre y había leído que hacía frío. Hacía frío. Eran vísperas de Navidad y no recuerdo haber sentido un espíritu navideño tan extraño como en Praga: el rojo y verde mezclado entre todo el estilo gótico, la humedad cortante y fría del invierno equilibrado con el caliente vino tinto de los puestitos de madera.

Praga está dividida por zonas, la parte más turística es la número 1. Pienso en esa área como el corazón, no por una conexión espiritual con la cultura y la ciudad, más bien porque todas las rutas del metro llegaban hasta allí como venas de colores señaladas en el mapa. Venas que recorrí como un glóbulo rojo (mejor blanco) subiendo y bajando por las escaleras de boca abierta en un grito profundo. La sensación de salir a la superficie por la garganta de cemento del subte siempre me parecía placentera. Me hospedé en un hotel tranquilo y silencioso en la zona marcada en el GPS como Praga 7. Amarillo, como un limón. Parecía que estuviera muy lejos del centro, pero en realidad la ciudad se sintió chiquita, bulliciosa y acogedora. Como esas burbujas de vidrio llenas de agua y copos de telgopor que perpetúan un edificio simbólico de alguna metrópolis en un invierno eterno.

Praga 2016

Cruzaba el arco de la muralla del Castillo que protegía la Catedral de San Vito y la rodeaba mirando hacia arriba todo el camino, sin perder de vista las siniestras y espectaculares gárgolas, que se mofaban de los transeúntes desde lo alto de las columnas. Sentía que se burlaban de mí. Para desquitarme yo con ellas y decirles que también las veía, me acercaba lo más que podía con el lente de mi cámara y las retrataba con sus ojos blancos, sin pupilas, y sus lenguas largas y finas como serpientes saliendo de sus sonrientes bocas. Bajaba por una larga escalera, como una columna vertebral que descendía desde una hermosa panorámica de los simpáticos edificios del centro, hasta la plaza con el pino navideño gigante que desentonaba con el lugar. Creía que tomaba el mismo camino cada día, pero siempre salía por distintas callejuelas de viejos adoquines. Y, a pesar de haberlo cruzado varias veces, tanto de día como de noche, el puente Carlos lo tengo fijado en mi memoria en una fotografía nocturna, con sus monumentales estatuas envueltas en una oscuridad brumosa, mirándome con severidad, castigándome, juzgándome, conociendo el secreto que cargaba mucho antes de que yo misma lo reconociera. Algunas partes de Praga las tengo olvidadas, quizás porque yo lo quise así. Andaba un poco mareada y negada de volver a la “realidad” y solo quería extraviarme en alguna desconocida ciudad. Por eso, perderme en el bullicio de esa Praga invernal, atorada de turistas y marionetas de madera, fue mi mejor escondite, para evitar pensar, enfrentar lo que debía haber enfrentado antes. Pasar desapercibida en mi propia vida.

Puente Carlos – Praga 2016

La ciudad estaba plagada de hermosos colores pasteles, pero yo la recuerdo en blanco y negro. Seguramente porque mis emociones, y la completa indecisión, me pesaban y no dejaban tranquilo mi subconsciente. Mis fotos son la prueba de la escala de grises con la que veía.

Encontrarme a Dalí, tan extraño y desubicado en la ciudad Checa, cuando yo andaba tan extraña y desubicada conmigo misma, fue la conexión que necesitaba. Sus dibujos me confundieron y me trasladaron a desiertos rosados en caravanas de elefantes de patas largas. Sus estatuas percibieron mi sexo y en cada escultura sentí una exhibición insolente de su presencia. El Infierno de Dante, contado con su mano, se sintió como si fuera mi procesión interna, y el Paraíso fue complemento inspirador para salir por fin del oscuro cajón donde estaba metida.

Torre Danzante -Praga 2016

Lo último que hice antes de marchar fue ir hasta la torre danzante. Un edificio bastante moderno y completamente fuera de lugar, en contra de la estética característica de la ciudad. Se levanta divertido y retorcido en una esquina un tanto alejada de las estatuas criticonas del puente. Parecía la cintura sensual de un hermoso cuerpo femenino. Me acordé de Dalí. A ella si la fotografíe a color. Subí hasta su terraza, acompañando la panorámica de la ciudad con un chocolate caliente. Los edificios eran de hermosos colores, el cielo estaba limpio de nubes y abarcaba el horizonte con su potente celeste. Los árboles se calentaban tranquilos con el sol sobre sus troncos dejando ver sus tímidas hojas verdes creciendo, y el río de autos de todos los colores y tamaños no dejaba de moverse. Aun así, aunque la ciudad me ofrecía toda su extensa paleta de colores… yo saqué la foto en blanco y negro.

Praga 2016

Esa Praga antropomórfica, de frío Noviembre, cargada de turistas, de luces y gárgolas, de kulajda caliente, de historia, de castillos y de Kafka; de guirnaldas navideñas y de adoquines mojados, fue la pintura perfecta para escapar. Lo que debía resolver todavía me esperaba sentado al borde de mi cama como un fantasma, la rutinaria vida no desapareció y las responsabilidades que postergué no se habían vencido. Mis relojes de realidad se habían detenido esperándome exactamente en el segundo en que me había ido. Pero necesitaba ese paseo más. Necesitaba perderme en un anonimato general, esperar el avión en cualquier aeropuerto, dormir en una habitación con perfume impersonal. No ser yo, decolorarme un poco para poder pintarme de nuevo un poco más surreal.

Ivana Taft

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