Soy un hada

Un día me vi en el espejo con mis alas puestas y corroboré mis sospechas: soy un hada.

Yo pensaba que era bruja, pero no. No lo soy. Soy hada. Aunque mi amiga S me dijera que era obvio, yo no me había dado cuenta antes. Ni porque mis más cercanos me dijeran “campanita” ¡Hasta mi inocencia es de hada!

Pensaba que todas las mujeres éramos brujas –buenas o malas-, pero todas brujas al fin. Estaba convencida de que era parte de un aquelarre mundial que nos unía a todas de alguna mágica manera. Pero por mucho que intentara despertar mi lado brujístico fracasé siempre. Y lo intenté, pero nada pasó. Nada me indicó que mi magia de bruja estuviera despertando de un largo sueño. Hice de todo: me entregué a rituales para una mejor belleza espiritual, para atraer el dinero, para tener un mejor amor, para purificar el alma, para abrir un nuevo ciclo lunar y para limpiar los residuos de relaciones tóxicas acumuladas adentro mío. Abrí mi cuevita para hacer un círculo de magia blanca y aumentar nuestro poder, pero nada. Nada de nada, ni un pelo de bruja.

Me frustré, es cierto… otra vez me sentí fuera de un grupo exclusivo, de una hermandad, de algo transcendente. Pero ¿Qué puedo hacer? No lo soy. No entiendo de gualichos o pociones para el amor, para el mal de ojo o para el odio. Tampoco hay receta fácil que sepa cocinar. En mi cocina apenas tengo una olla heredada de una amiga que, a la primera cocción, se pegó la comida al fondo y allí quedó la evidencia plasmada en una mancha negra, como recordatorio de la poca mano que tengo para siquiera intentar alguna pócima mágica. ¡Casi no tengo comida en mi heladera! No sé qué hiervas mezclar para hacer un té que calme, al menos, el dolor de estómago y tantas veces me olvido de usar perfume que jamás voy a saber la esencia que se necesita para atraer al pretendido en cuestión. No encuentro piedras preciosas para poner en mi altar, bueno… es que no tengo altar. No sé a quién ni por qué rezar o venerar. Lo más cercano a un muñeco vudú es mi inseparable “Indio” y si él es uno de ellos… pues… que me disculpe la persona por la pierna rota de tanto cargarlo en mi mochila, pero su presencia me protege y me hace compañía, como todos los otros personajes que andan dando vueltas en mi cuevita. No soy bruja, ni hechicera, no tengo conjuros mágicos ni ninguna posibilidad de curar o castigar a nadie con mi palabra. Las cartas tampoco se me dan mucho, a menos que sean escritas, mis cafés son instantáneos así que tampoco de borras entiendo, no puedo relacionarme con los gatos porque soy alérgica a ellos y tantas veces me he olvidado la escoba afuera cuando ha estado lloviendo que la he terminado cambiando por un lampazo… Dicen que las brujas nunca lloran, que son fuertes y poderosas, que no necesitan a nadie más que a ellas solas. Así que no, no soy bruja. Me gustaría, lo he intentado. Pero no hay como ser lo que no soy.

Yo creo que soy un hada, o un duende. Algún ser mágico torpe y divertido que no traiga tantas obligaciones y responsabilidades. Que no tenga el deber de ir a reuniones de iniciación y ritual, que no se me adjudique magia negra ni castigos, que no se espere de mí un gran poder blanco, ni tampoco tener la obligación de transformar odio en pasión o ayudar a nadie a encontrar el amor de su vida. Yo no quiero purificar almas, no puedo aprender un conjuro de memoria si aún no recuerdo mi propio número de teléfono. No quiero cocinar ni una sopa, prefiero el mate para acompañar unas galletitas y quiero llorar cuando sienta que se me escapan las lágrimas y no sentirme fuerte sino puedo con las cosas.

A veces siento que lo soy. Que soy un hada. ¡Si mis alas aparecieron así porque sí un día común mientras buscaba nada! Y a veces me encuentro volando por ahí, suelta, distraída, con alguna varita mágica para hacer reír a la gente. Esa es la única obligación que siento: hablar de tonteras y de cosas serias, reír hasta que duela la panza, comer pizzas o chocolates, dejar mi casa abierta para que entre el sol y que, quien quiera, se recueste en mi cama-living-comedor-sillón-confesionario a conversar de lo que se nos venga en gana. Si. Soy un hada.

Ivana Taft

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