Me Muevo.

Me muevo, otra vez. Sin llamarla ni prepararla llegó la hora de partir una vez más, de dejar otra cuevita para siempre. Es como un reloj, un período exacto, una rutina de mi vida que ya no puedo controlar. Esto de partir. Y ya no me cuesta tanto… Duele un poquito el corazón pensando en los acogedores momentos que viví en ella, como me curé y crecí entre esas paredes, recordando todas las horas cubierta de risas, comidas y charlas interminablemente filosóficas con amigas, o esas noches solitarias donde el silencio me abrazaba protector y aquellas de certera compañía. Apretuja el corazón, es cierto, pero descubro que ese sentimiento es bueno, porque me recuerda que fue un buen período de tiempo.

Esperé hasta el último momento para despedirme de la gata negra –mi amiga felina-, aunque ella me vio desnudando la casita de a poco y supongo que empezó a sospechar mi partida. Nuestras conversaciones se fueron alargando mientras yo le iba diciendo chau de a poco, pero su mirada amarilla me pesa aún en el alma. Sabíamos que ése momento llegaría, yo se lo dije desde un principio, aunque no pude evitar sentirme un poquito triste. Hace unos días nos sacamos la última foto, cuando yo había terminado de limpiar por fin la casita que cerraba. Se sentó solemne y derecha en el último escalón, se dejó retratar, bostezó, me regaló un miau y se fue sin mirar atrás. Me preocupaba un poco dejarla sola, pero la despedida la manejó mejor que yo.

Si hubiera querido, en un día podría haber llenado algunas cajas, las tres valijas, atado los sombreros al oso, amontonado estratégicamente todo en mi auto-nave y lo hubiera resuelto, pero no quise. Ésta vez me fui sin apuro, tranquila, con tiempo. Sin escapar de nada, sin tener que salir corriendo. Porque fue una mudanza distinta, la mudanza de mis alegres treinta. Me gusta la década de los treinta, me cae bien. Me gusta reconocerme finalmente, sentirme adulta y pibita a la vez.

Por eso saqué todos mis juguetitos de la caja donde los metí cuidadosamente y los ordené en el borde de la ventana, de la casita nueva, para que la conozcan. Ni siquiera he terminado de desarmar y armar nada, pero me colgué sacándoles fotos, pensando donde los ubicaría y rememorando el momento de cuando los adopté como míos. Haciendo, una vez más, un flash back de todo lo pasado.

Mi nueva casita tiene ventanas grandes y es en un tercer piso. Ya no es una cuevita, es un nidito. Primera vez que voy a vivir tan lejos de la tierra y un poco más cerca del cielo. Es en medio de Tel Aviv y me sorprende estar ahí metida entre tanto cemento. Me parece gracioso, me siento como un tonto personaje de alguna liviana novela sazonado de gracia con todos los capítulos repetidos que vi de Friends.  ¿Será que vengo de una pequeña ciudad perdida entre montañas que esto me parece otro cuento?

Todavía no acomodé mis cosas y los muñecos están en el borde de la ventana, sonriéndome.

Y yo sospecho que este nuevo capítulo será bastante divertido.

Ivana Taft

 

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