4.20 de la Madrugada

Me despierta la lluvia violenta estrellándose en el suelo. Afuera cae una cortina de agua y la gata negra ve mi luz encendida y se acerca a mi puerta con un maullido de muerte, mojada y asustada como si fuera la primera lluvia en su gatúbela vida. Yo le toco la cabeza intentando calmarla, le hablo en inglés, en hebreo y al final decido susurrarle palabras lindas en español.

Me siento bajo el techo de mi entrada junto a ella y miro la lluvia correr, mientras el cielo se retuerce en relámpagos y truenos. Por mi mente nada pasa, vacía. Mente de madrugada. No me molesta haberme desvelado, pienso incluso hacerme un té y quedarme afuera un rato, hasta que la gata se calme, o quizás el cielo, talvez ambos. Y de repente, te siento sentada a mi lado. Silenciosa, tranquila como yo. Esta vez no me asusta ni preocupa tu presencia. De hecho me doy cuenta que te he echado un poco de menos. Es extraño pero, esta vez, sentirte junto a mí no me aterra, no me entristece, no me asusta. Me agrada saber que estás conmigo, calma y serena como lo está mi cabeza. El momento me ha transportado a distintos días de lluvia, a distintos y melancólicos lugares, donde he andado acompañada únicamente de tu silenciosa presencia y, ahora, por fin entiendo lo que me has dicho tantas veces en mis arranques de locura, cuando te odio y te pido con todas mis fuerzas que te vayas. Ahora entiendo porque algún día iba a necesitarte, porque me ibas a hacer falta y porque en los aturdidos momentos en los que solo quiero correr y escapar apareces nítidamente en mis pensamientos. Sonríes con tu instruida sabiduría y un atisbo de enojo por sentirme idiota aparece entre mis sentimientos, pero lo borro, lo elimino, lo tiro a la tormenta para que se deshaga en el agua. No está mal aprender de todo esto.

Miro la hora: las gloriosas 4.20. En tu honor prendo el resto del cigarrillo verde abandonado en el cenicero. Exhalo y el humo se pierde entre la lluvia que no deja de correr. Como si quisiera limpiar la tierra, borrar las marcas en el suelo, bañar profundamente los árboles, calmar la sed de las almas, empezar todo en un blanco cero. Aún no hemos cruzado palabra, pero todo está bien.

Pasan los minutos, la lluvia empieza a mermar, la gata ya no tiembla y el porro se ha terminado. Es hora de volver a la cama, de despedirte. “¿Vendrás de nuevo?” Te pregunto. “Claro que sí”, respondes. Y yo te agradezco. “Buenas noches” me deseas sinceramente y yo con una sonrisa limpia te respondo “hasta pronto, soledad.”

Ivana Taft

Info de foto: Londres 2016.

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