Artistas Callejeros: LA AMENAZA.

Una tarde cualquiera vuelvo a escuchar el disco Clandestino de Manu Chao después de muchos años de haberlo escuchado por última vez. Lo escucho y de repente recuerdo una escena, también de varios años atrás: estaba sentada en el living del hostel, una siesta, compartiendo unos mates con algún latino de esos que andan suelto por el mundo. Podría haber sido argentino, uruguayo, o un loco de Perú, quizás un parcero de Colombia, ahora no me acuerdo. Él punteaba una base de una canción en su guitarra, que, creo yo, era de Manu Chao. No estoy segura, puede ser que me falle la memoria y que sólo sea una asociación en el recuerdo porque él inmediatamente me comentó que el disco ese, Clandestino, habla mayormente de los ilegales y de lo que es cargar con eso en tus hombros: el ser un indocumentado, un “no welcome” en ningún país y que no puedas ni estar ni volver al tuyo porque te está echando a patadas. Me hablaba como si realmente lo supiera en carne propia.

Tratando de recordar un poco la historia de Manu Chao, intentando comprender que circunstancias, que cosas lo habían conmovido a escribir canciones que digan tanto, que expresen tanto de una manera tan acertadamente sencilla busco en internet: Según wikipedia: Manu Chao o José Manuel Arturo Tomás Chao Ortega (nacido en Francia en el 61) es cantautor franco-español que canta en francés, español, inglés, gallego, portugués y ocasionalmente en otros idiomas (uno de ellos es marroquí, me informa hoy alguien que entiende ese idioma). Manu Chao comenzó su carrera musical en París, como músico callejero.

En la calle. Empezó en la calle. Y me cae la ficha todo lo que debe haber viajado, lo que debe haber aprendido, todo lo que le debe haber pegado fuerte en el pecho que lo moviliza a cantar las injusticias sociales con conocimiento de causa, con una empatía que te eriza los pelos, con la energía y adrenalina de andar corriendo, saltando, escondiéndote. Me lo imaginé viviendo sus experiencias en ciudades superpobladas y atestada de quilombo, imagino todos los personajes con los que se ha cruzado en el tiempo, sus historias compartidas, ese vaso de tequila, un abrazo, un cigarrillo de marihuana, el corazón, una cama, una sopa caliente, un amor, una tonada.

Pienso en él cantando en las calles por unas monedas y me sorprende la escuela de la vida que ha tenido.

Y me acordé con picardía que, cuando era pendeja, envalentonada por un par de copas y desafiada por una amiga me puse a bailar frente a dos filas de autos parados en un semáforo, como que sabía algunos pasos de ballet. Los conductores se cagaron de risa, alguno me tiró una bocina y unos pibitos sentados en el asiento de atrás de un auto azul me aplaudieron con gritos y todo. Recuerdo que mis cachetes me ardían de la vergüenza y el corazón empujaba para afuera. Fue re difícil, mucho más difícil que subir a un escenario donde sabés que te están esperando. Es difícil porque ésta gente ni te piensa. Está allí, en el semáforo porque no le queda otra, porque quizás es el camino más corto de un punto a otro, porque tiene que buscar a alguien, porque lo están esperando en una reunión de mierda. Está pensando en cualquier cosa, enganchados con los líos del día o con las grandes buenas noticias donde vos no sumas nada en su vida.

Y una vez, en Madrid, en una callecita de por ahí, me senté con dos españoles a compartir un mate (sanjuanino) y un porro (madrileño). Estaban haciendo nada un domingo por la tarde sentados en la vereda. De repente, como retomando un tema de conversaciones pasadas se pusieron a hablar de la separación del Reino Unido de los países europeos y desde ahí terminaron hablando de los inmigrantes ilegales y que se yo. Estaban desilusionados y enojados, con el nudo de la injusticia atravesado en las gargantas. Y así, sin llegar a ninguna conclusión se pusieron a cantar una canción española que yo no recuerdo, pero que hablaba del desamor de (en este caso) una mujer: no importaba cuánto la había amado y todo lo que le había entregado, ella se había ido, dejándolo con sus penas y su corazón roto. Ahí nomás pasó alguien y como distraído les puso una moneda en uno de los vasos vacíos. Me dieron unas castañuelas viejísimas con las que di pena, pero puse todo lo mejor de mí para que las performance fuera buena. La canción hablaba de una mujer, pero a mí me supo que ellos le cantaban a la libertad. Creo que juntaron menos de dos euros y se despidieron de mí porque iban a empezar con el recorrido para juntar “las monedas”. Iban de un punto turístico a otro para hacer plata en el día, trabajaban cantando y tocando una fiel y gastada guitarra criolla alrededor de ocho horas al día y, si el día estaba flojo, diez… quizás doce.

Esas fueron mis dos únicas experiencias en mi corta vida de artista callejera. Claro, a mí me pareció excitante, divertido, con mucho olor a libertad. Pero yo lo hice por una apuesta entre dos adolescentes medias ebrias, y porque andaba paseando sin más un domingo por Madrid, con una cama limpia y una valija llena de recuerdos estacionada en un cómodo hostel. No tenía necesidad de salir a la calle, de exponerme, de lucharla, de hacer la moneda del día. Hay que ser cojonudo para enfrentarse a un público que no te espera.

Entonces me volvió a parecer idiota la saña de los poderosos contra los que andan por la calle repartiendo arte. En Argentina están obsesionados con sacarlos de la zona pública, silenciarlos, esconderlos, olvidarlos. Su obsesión es tan estúpida. Es la clara frustración de aquellos que miran de arriba, que desean y manejan el poder. Es la corta mente de los que quieren una masa mansa y tranquila mirando la tv.  Entendí la poca capacidad que tienen desarrollada para entender el arte. O quizás temiendo por el poder y la fuerza que tiene que ellos no comprenden. Porque el arte es una y un millón de formas de expresión, de libertad, de revolución, de pintar el mundo y de comunicarse. Los artistas que se paran y transitan la calle no escuchan al pueblo, porque son parte. La garganta poderosa que no muere en silencio.

Y Manu Chao, la última vez (si es que no fue la única, no lo recuerdo) que tocó en San Juan (¡de Argentina! Busquen en el mapa!), antes de empezar el show hizo entrar a unos pibes de una agrupación que extendieron una bandera diciendo NO a la explotación minera. A lo ancho del escenario, uno al ladito del otro, entre Manu Chao y su banda Radio Bemba. Eso hizo Manu Chao: gritó con otras voces que necesitaban ser escuchadas. En San Juan: provincia de minería privada, que explota y desmembra la montaña con el consentimiento del gobierno de turno.

Manu Chao: un tipo ya de cincuenta y tantos años, con una inspiradora carrera artística y con más vida que quién aquí lo piensa. Comunicador consciente y poeta de una realidad latente que nadie acepta. Artista callejero que canta en más de cuatro lenguas, con más calle que sus letras. Este tipo hace pasar a unos pibes que pelean por sus tierras al escenario. Allá, en San Juan en el Estadio Deportivo de la ciudad.

Entonces más entiendo esa necesidad desesperada y furiosa de erradicar a los que están en los semáforos, o en las peatonales, o sentados a los pies de un histórico monumento como si ellos fueran una gran amenaza: porque ellos explotan en verdades y, entre colores y malabares, nos muestran una historia, una realidad y un presente. Una pelea -para muchos- de cada día. A algunos, yo sé, el semáforo les pagó una carrera universitaria, a otros los llevó a dar una vuelta más allá de la avenida del centro y todos encontraron un espacio libre para expresarse sin censura.

Entonces, entiendo: los artistas callejeros SON una amenaza. Claro. Ellos tienen la capacidad que los poderosos de arriba no tienen: pueden mirar sin vergüenza a la cara.

Ivana Taft

2 comentarios sobre “Artistas Callejeros: LA AMENAZA.

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