Un momento de París

Las 8 horas de espera de conexión en París entre el vuelo de San Juan a Israel fue un tiempo fuera, un “break” entre una realidad y otra. Fue un momento de desconexión con el mundo exterior y una reconexión en mi cabeza. Como al viajar en ese colectivo que ya conocemos el camino nos dejamos llevar por las imágenes repetidas que nos descubre la ventanilla. La misma liviandad con la que uno aguarda en una impersonal sala de espera perdiéndose en un libro o en la pintura de mal gusto que cuelga muerta en la pared.

Casi empujada por una cinta eléctrica y expulsada de las entrañas de la tierra hacia afuera, el cielo abrumado me abrazó con sus nubes tristes y románticas. Me senté en un bar de esquina a tomar un café sin sabor, deshaciendo el tiempo como cubos de azúcar, pasando las hojas de un libro, descongelando letras en un cuaderno, paseando por mi mente completamente en blanco. Esta vez lo había leído saltando de un párrafo a otro, de una página a otra. Es que todo el tiempo mi cabeza se estancaba en un pensamiento, atrapada por una palabra suelta y mis ojos continuaban leyendo.  Siempre era tarde cuando volvía a prestarle atención, sentía que algo se me había escapado, pero ya no podía volver atrás. Simplemente no podía.

Era la primera vez que lo leía después de haber visitado el lugar donde transcurre una gran parte de la historia: Praga. Y eso me hizo vivir el libro diferente. Me imaginaba más reales los escenarios, los departamentos donde vivían, el taller de la artista, su sombrero, su espejo, el café donde la obsesiva enamorada trabajaba, los escapartes de las tiendas y los ventanales de las casas que limpiaba el médico cuando renunció a todo por un artículo de revista mal interpretado. Y recordaba la Praga que conocí, con sus calles adoquinadas y su puente, su metro, las gárgolas y esa catedral. Y mientras recordaba Praga me sorprendí sentada en ese café en París, en pleno invierno, con el tiempo nuevamente detenido en mis manos.

Andaba dentro del Centro Pompidou paseando entre esculturas y cuadros, dejando el tiempo desprenderse de mí como granitos de arena. El edificio tenía unas escaleras  externas cubiertas por una cúpula de plástico transparente que en ese enero guardaban bastante frío. Subía por ellas mientras iba descubriendo los techos de la ciudad en esa  neblina gris, los parejos y finos edificios de enfrente, con sus chimeneas delgadas y largas soplando humo como si fueran tranquilas fumadoras empedernidas. Se extendía la ciudad pasiva y suave en el confuso horizonte y de repente en el fondo, entre bruma y frío la descubrí, a la torre, como un esqueleto gigante.

Otra vez me encontré bajando tres pisos hasta el corazón del centro comercial para tomar un metro y viajar por sus venas hasta poder dar con ella. Imaginaba salir de la boca del subte y encontrarme con un descampado enorme y en el medio toda majestuosa la torre… pero volví a salir a una calle de adoquines con edificios de piedra altos y un tránsito de cualquier lugar. El gps me mostraba que “ahí” estaba la torre, pero yo no la alcanzaba a ver ¿cómo podía ser? Estaba parada en la esquina de una angosta calle pretendiendo continuar en línea recta hasta descubrirla en mi horizonte pero al mirar con descuido hacia una lado ella estaba allí, de repente, a mi izquierda, naranja y fría. La Torre Eiffel. Era para lo que había soportado ese frío. Di una vuelta a su alrededor, intentando sentir su vibración, palpar si presencia de gigante observador silencioso. Estaba allí, mezclada conmigo, con la novela y sus protagonistas, todavía viajando. La saludé para siempre y volví sobre mis pasos.

Miraba por la ventanilla del avión pensando que París me había regalado ocho horas de estar flotando sola entre esa taciturna niebla, acompañada de personajes del libro que traía apretado bajo el brazo, un break entre una realidad y otra, una desconexión del mundo externo, una reconexión en mi cabeza.

El Paris que conocí fue de postal eterna. De gris invierno, de frío seco que se colaba entre la ropa.  El beso de post guerra frente al ayuntamiento perpetuado en blanco y negro. Un París de melancólica novela.

I.T

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