VOLVER A SAN JUAN

Preparar el viaje no fue fácil. Me animo a decir que lo sufrí desde el mismo momento en que compré el pasaje. Mis estados emocionales cambiaban instantáneamente pensando en mi ciudad natal. Pasaba del borde de un ataque de llanto a una sonrisa melancólica sostenida que se iba desvaneciendo lentamente con el pasar del reloj. Todas las dudas, miedos, ansiedades se multiplicaban abismalmente con el correr de los días. El último mes antes de partir, noviembre, fue un mes interminablemente lento.

No sabía con qué me iba a encontrar, que iba a sentir estando allá. En la ciudad donde crecí y viví la mayor parte de mi vida. Tenía miedo de sentir rechazo o de querer quedarme y no tomar el avión de regreso. No quería tener que tomar esa decisión de vuelta.

Apenas pisé tierra sanjuanina el perfume de los árboles me abrazó cálidamente y las montañas pintadas magistralmente al final de la ciudad me volvieron a conquistar automáticamente. Sentir el agua tibia del dique acariciándome la piel en el verano apasionado fue una sensación que intenté captar con todos mis sentidos.

La ciudad estaba allí. Igual. Ardiente, vieja, detenida en el tiempo. Parecía como si hubiera estado dormida mucho tiempo y recién se estaba despertando. Todo se movía lento y pesado, como cargando un peso crónico en los pies o quizás en el alma. El calor era demasiado intenso, rajó mis labios y secó mi piel como castigándome por haberme ido. Se me mezclaron las calles y los autobuses y ya no me sentí tan sanjuanina. Algo había perdido.

Sin embargo las amistades que se quedaron allí me abrazaron sin distancia. Los mates, las comidas, los recuerdos y las nuevas historias estaban frescas en el tiempo y ellos me hicieron sentir en casa. Ellos son mi hogar. Ellos estaban allí, cambiando también su ciclo, avanzando o perdiéndose, pero cada uno seguía su propio río mezclándose de vez en cuando con la cuenca del mío. Entonces reconocí que no era la ciudad en sí lo que me llamaba estando lejos, eran ellos y la tierra entre nosotros.

Volví a la misma conclusión con la que salí, la de no pertenencia. A veces me confundo y pienso en eso como algo negativo, pero no lo es. Es algo que no puedo ni debo controlar, es parte de mi instinto, o de mi sangre, o de mi esencia. No me siento parte de ningún lugar físico. Ni de San Juan, ni de Israel, ni de ningún pedacito de país que he pisado. Será que no tengo raíces, que mi nacimiento no fue desde la tierra, sino desde un punto intermedio, donde mi piel apenas sintiera el calor del suelo y el fresco del cielo, perdiendo esa posibilidad de arraigo en un solo lugar, naciendo con la ausencia de territorio delimitado. Quizás nací así, con faltas y ausencias por algo, pero con la innata necesidad de caminar, y no dejar de hacerlo hasta que el mismo cuerpo me lo impida. Mi mamá me dijo que siendo bebé, apenas abrí los ojos estiraba el cuello para ver más allá de donde estaba, para ver qué pasaba donde mis ojos no llegaban. Siempre fue así, siempre quise ver más allá de las montañas. Si… nací sin raíces, pero con alas.

I.T

Un comentario sobre “VOLVER A SAN JUAN

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  1. San juan en mi sangre…. Tenemos raices . en la gente .los amigos el recuerdo y los caminos recorridos
    Vos tenes raices en el mundo. Y caminas hasta encontrar quien te sostenga para que puedas volar…donde lo encuentres vas a volar y volver.
    Yo ya no puedo caminar y entonces me sostienen donde estoy y sueño y dejo volar mis recuerdos y mi imaginación…
    Y de niña no querías ser grande me decías!!!
    Siempre guardas ese niño. !!! Siempre serás mi niña !!!
    Se hizo largo no ???

    Me gusta

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